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Rocio Lione
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Los culpables

—Huele a lluvia —dijo deseando que el cielo estallara. No tenía nadie con quien compartir su parecer.

Caminó por unos metros más y encontró un perro perdido en su hipnotización, inamovible, inalterable total. Lo observó durante largos segundos… A veces los animales tienen esa excepcional forma de atraernos con su sus capacidades no humanas, sino mejores. Esa influencia permanente del hombre y viceversa, son las conductas invertidas, pero sin reproche crítico alguno. Siguió su camino y otro doméstico vino a su encuentro con una simpatía previa, demostrando su inquieta felicidad. Él, acarició su cabeza, el perro cerró los ojos como sumergiéndose en un mundo alterno, extraído del universo, y luego partió.


Al llegar a su patio, abrió las tapas de una historia hecha de papel que decía, que las cenizas merodeaban entre ellos, las mismas que habían cubierto como un manto negro todo el sur. Que ahora les nublaban los ojos, les despeinaban los pelos, les causaban dolor. Que su molesta inconformidad los encerraba en una burbuja sin fin, siendo que las cenizas eran apenas el aviso de una realidad cruenta mucho peor... Que el mismo fuego de la guerra y del infierno que nunca se apaga, había provocado una catástrofe sin remedio. O que si tal vez, todo eso era una mentira para no creer que ellos habían sido los diablos que residían allí, los que habían transformado eso en infernal, lo que no era en lo que era.  Que las ilusiones rotas se multiplicaban por miles en tan solo lapsos de cortos pensamientos, que el tiempo no esperaba, no calmaba, no quería colaborar. Que no había cómo hacer para revertir el agujero oscuro del abismo que succionaba todo lo que encontraba, lo atraía y se lo llevaba, lo hacía desaparecer, impunemente. Que la desesperación de los habitantes de aquel pueblo se agigantaba y desataba un caos, se expandía en micro histerias familiares. Que años de sacrificio consecutivo se despedían desagradecidos de las propiedades; la producción, la fuente de los pequeños y medianos ingresos particulares. Que los héroes anónimos rescataban de las llamas las vidas casi rendidas, sin oxigeno, las vidas delirantes. Que el aire denso, pesado, se tornaba insoportable a los pulmones, y que los restos de naturaleza revoloteaban causando más de mil estornudos instantáneos y simultáneos. Que la secuencia de la impotencia y las críticas se oían hasta el cielo. Los llantos sin consuelo, los insultos a nadie. Que parecía una farsa, una horrible pesadilla, pero que nadie despertaba.  


El humo se acercaba amenazante en una gran nube, la niebla, el horror se expandía. La historia de papel, de hojas que fueron árboles, de arboledas que se estaban consumiendo. Se puso el traje, tomó la manguera y gritaba, “Ya se acaba, ya se acaba, conserven la calma”, y no vio respuesta. Los ojos enormes, detrás de la cinta que separaba el peligro de la estabilidad, suplicaban y reflejaban el ardor de los bosques. En un brevísimo momento inhaló un aire diferente, “huele a lluvia” recordó, aunque el caos era cierto y todo era una farsa. Nadie despertaba de la horrible pesadilla, y del otro lado, un perro que miraba hipnotizado como las realidades humanas solas se autodestruían primero y después se querían salvar. Quién más que el animal para discernir si eran víctimas o culpables.

#Incendios #Córdoba #2013


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