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—Huele a lluvia —dijo deseando que el cielo estallara. No tenía nadie con quien compartir su parecer.

Caminó por unos metros más y encontró un perro perdido en su hipnotización, inamovible, inalterable total. Lo observó durante largos segundos… A veces los animales tienen esa excepcional forma de atraernos con su sus capacidades no humanas, sino mejores. Esa influencia permanente del hombre y viceversa, son las conductas invertidas, pero sin reproche crítico alguno. Siguió su camino y otro doméstico vino a su encuentro con una simpatía previa, demostrando su inquieta felicidad. Él, acarició su cabeza, el perro cerró los ojos como sumergiéndose en un mundo alterno, extraído del universo, y luego partió.

«Aún sigo temblando, más bien tiritando, siendo que la noche es cálida en su entereza.»

Quiso escribir con un puntal, en una pequeña y rota piedra con musgo a punto de rajarse desde diferentes ángulos. Había caído en un estilo de trampa, aunque se sentía solo, se sentía seguro también, de saber que estaba a salvo. Sus compañeros seguían muriendo en el campo detonado, cual fuesen sus ubicaciones. Habían sido emboscados por el enemigo, sus municiones se iban agotando, y sus armamentos terminando. Los que sobrevivían cargaban y trasladaban a sus compañeros para sacarlos de peligro. Cada vez disminuía el margen de esperanzas. Los gritos y llantos superaban en gran cantidad, al ruido insoportable de las bombas lanzadas por esos mastodontes tanques, que disparaban sin piedad, a las pequeñas chozas de una humilde aldea en el sur de África.

Suelo perderme seguido. Me desoriento con las calles, los nombres, direcciones y lugares, de la ciudad; y así me pierdo, pero pregunto y puedo llegar a destino. Es ahí cuando las cosas simples de la vida te enseñan tanto. Y es entonces cuando pierdo mi orgullo del “saberlo todo” para reconocer que no sé nada, y encuentro la mansedumbre. Pierdo mi intolerancia y ansiedad, hacia querer encontrar y obtener todo rápido, en el acto, y encuentro la paciencia sobreabundante y la plena paz. Dejo ir, y lo pierdo por completo, al malhumor, sin querer que regrese, sin querer volverlo a ver, y encuentro el amor. Sin darme cuenta, se me escapa lejos, la soledad, se pierde por allá, y encuentro a amigos. Y como no conozco y no sé por dónde voy, pierdo esa pálida cara triste, y encuentro el gozo. No puedo comportarme de mala forma, y ahí, exactamente es cuando dejo ir, sin saberlo, a la maldad, y encuentro benignidad, y me convierto en alguien que tiene bondad en su corazón.

A la edad de 4 años, la mamá de Juan falleció, tristemente junto a su hermana y a su padre siguió adelante. Entre lágrimas y recuerdos, numerosas noches, asustado Juan se despertaba.
Cierto día en su adolescencia, el padre  de Juan abandonó a sus hijos, nadie supo porque, nadie supo como.

Teclas sin visión, melodías infinitas, acordes exquisitos. Sencillamente sonidos deleitantes. Es tan apreciable disfrutar de un concierto de acordes delirantemente armoniosos, tan bellos, finos y delicados al extremo.

Se vió caminando de la mano con su papá de un lado y con su mamá del otro, pero no podía disfrutarlo, estaba con los ojos vendados, con los oídos tapados, y atado de manos. Se vió tomando un helado en verano junto a Pedro (su perrito), pero no podía degustar el sabor. En invierno, salía al parque que estaba a solo dos calles de su casa, caminaba lleno de ropa, entre camperas, iba con su papá que le colocaba suavemente una bufanda en su cuello, pero no podía sentir el roce de su piel con aquella tela.

“Es preferible una verdad lacerante y amarga, que una mentira deliciosamente encantadora, porque más vale, conocer la verdad, y luchar por cambiar la realidad, que vivir engañado y adormecido en una burbuja de patrañas…” escribía con tenue tinta, sobre la piel amarillenta de esas hojas con varios años incluidos sobre sí. Él pensaba sobre todo en la decepción, se sentía miserable y culpable a la vez de su estúpida ingenuidad. Más que un robo, más que un hurto emocional y sentimental, era un ocultamiento de su identidad, de su origen, de lo que él creía que eran sus ancestros, fue como un castillo de naipes, al menor movimiento se desvanece sin consideración. Por más de veinte años, tan solo en cortísimos intervalos de minutos, vio transcurrir toda su vida, y vió desmentida una verdad.

En medio de melodías delicadas ejecutadas desde las teclas de un majestuoso piano, que con todo su esplendor, llega a ser el centro de atención de cada uno de los espectadores.
Sin ser una historia contada, es representada solo con expresiones, miradas y sentimientos, sin la necesidad de palabra alguna.

Vagando está, en los inhóspitos rincones de este mundo, un alma sin eternidad. Buscando urgentemente una salida sigue dando lástima por lo mismo de siempre, sin cambiar su excusa; hartos ya de saber la misma historia que nadie cree, se muestran arrogantes ante la situación. 

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