Sin
ser una historia contada, es representada solo con expresiones, miradas y
sentimientos, sin la necesidad de palabra alguna.
Se hacen presentes en un escenario, solo dos personajes principales, el resto, se transforma en, escenografía, actores secundarios, elementos épicos, iluminación y un suave sonido de fondo.
Remontada en años lejanos, en los cuales, carretas, caballos, sombreros, bastones, maletas, grandes macrófonos y radiotransmisores entre otras cosas más, eran cosa corriente del día a día. Los viajes de largas distancias, tenían lugar en los extensos buques.
Arturo
y Dana eran dos infantes de corta edad. Él tenía ocho años, ella cinco; amigos
entre sí recientemente. Dana se había mudado a la ciudad por tema laboral de
sus padres. En el mismo vecindario de Arturo, comenzó a experimentar nuevas
sensaciones. Su lugar de encuentro casual, fue la tienda de regalos, Arturo con
su primo mayor observaba encantado, los libros de cuentos, cuando se escuchó
sonar la campanita de la puerta, puerta que se abrió y entró una anciana tomada
de la mano de Dana con su particular sonrisa. Arturo volteó su mirada, y fue
esa milésima de tiempo que se grabó a fuego en su memoria, cuando la detuvo
tiernamente en Dana. Ambos sintieron lo mismo cuando se saludaron. Tímidos y
ruborizados, luego, se despidieron de aquella tienda. El comerciante por
primera vez se emocionó tanto, al ver a los niños saludarse con tanta
ingenuidad.
Después
de cumplir las horas colegiales y las clases de idiomas, los dos, Arturo y
Dana, jugaban por las aceras del vecindario. Un día en la casa de uno, otro día,
en el patio de la casa del otro. Y así, sin problemas ni grandes obligaciones,
construían, sin darse cuenta, una sana amistad. A ambos les fascinaba jugar a
las escondidas, junto a sus pares y con la infaltable compañía de una típica
mascota: un gran perro, compañero de aventura. Cuando descubrían sus
escondites, Arturo le dejaba un pequeño mensaje manuscrito, que luego Dana
apenas lograba leer, ya que estaba aprendiendo. A la vez siguiente, Dana, le
respondía con un hermoso dibujito de ellos mismos, tomados de la mano. –Una expresión de suma ternura al tratar de
demostrarse cariño mutuo- .
Los años transcurrieron, las agujas de reloj se marearon de dar tantas vueltas; ya no eran menores. Se vieron después de muchos años, era sorprendente verlos comunicarse solo con el misterio de sus miradas, con gestos y con esa inocencia tan pura que los caracterizaba. A punto de despegar los labios, Dana intenta hablarle, Arturo se dispone a escuchar, con una expresión de gran asombro…tomados de las manos, enfrentados, fijan sus miradas en los espejos de sus brillosas pupilas. Un intenso silencio se apodera unos segundos de la sala. Se levanta el telón, se escucha más definida y claramente las notas de las partituras del piano. El público se pone de pie, ovación de aplausos se produce. Concluye la representación.
“Tal vez si se hubieran hablado, la magia hubiera acabado. Hay mil formas de demostrar cariño. Lo que hace diferente una historia de otra, es su originalidad.”
-Por Rocio Lione-
