En la plaza, le encantaba
jugar al subibajas, y en otoño, amaba tirarse del tobogán al rejunte de hojas
secas, que aguardaban al final y crujían ante el impacto. Y los brazos tendidos
de alguno de sus papás lo hacían sonreír y estallar en una carcajada. Él se
veía pero no sentía nada, no podía disfrutar la felicidad de su niñez, ni
aprovechar los inolvidables momentos de su infancia que quedarían grabados en
su memoria. No entendía porque, no entendía como. Era un mundo extraño, que no
conocía, que no sabía, que no recordaba haber estado allí.
Pero las imágenes, como
capturas de escenas cinematográficas seguían pasando por su mente, sin pedir
permiso, seguían corriendo. Se vió yendo
a su jardín con otros niños como él, al principio, lloró, pero al pasar los
días, le gustó.
Después el primer día del
primario, como olvidarlo. Y la foto con la señorita que sería quién estaría
todo ese largo año junto él.
-¿Mamá que es todo esto?,
no entiendo…
La madre no le respondió.
Se pudo ver enfermo, en una cama, con fiebre y
asquerosos antibióticos que tomar, pero no conocía lo que era estar enfermo,
sentirse mal.
-¿Mamá? (preguntó
asustado, y con ojos vidriosos).
No obtuvo respuesta una
vez más. Vió una imagen extraña, él estaba en una gran habitación lleno de
escenas en movimiento, risas, voces, familiares, y fotos de su vida. En frente
de él había una gran puerta, que se cerraba, dejando sin luz aquel lugar, que
se volvía tenebroso. Él gritaba, y parecía que nadie lo oía. Y se quedaba solito,
sentado, triste y llorando llamando a su mamá.
-Mami abrime, no necesitás
plata, no hace falta un papá yo tengo uno que es muy bueno y re grande. Mami,
todo va a salir bien, no necesitamos nada más, nos tenemos mutuamente, el amor
es suficiente. Mami, ¿escuchás?
Lo que él veía, era su
vida pasar, una vida no vivida, porque era un bebé que todavía no había nacido,
por eso no podía sentir, oler, ver, degustar, tocar. Estaba a punto de ser
abortado, y él no sabía. Esa puerta grande que se le cerraba era su vida. Nadie
le preguntó, nadie le ofreció, le estaban robando algo que le pertenecía, que
era suyo y de nadie más: la vida. Vió la vida que hubiera tenido, si lo dejaban
nacer.
Porque todo bebé tiene
derecho a nacer, a la vida, a una oportunidad. Ellos no tienen la culpa de los
errores, accidentes, y acciones indebidas de los adultos.
El
aborto es un asesinato, y no tiene justificación. A ninguno de nosotros nos hubiera gustado que
pusieran en tela de juicio nuestro destino, nuestro futuro.
La
vida es un DERECHO de TODOS. Sí a la
VIDA.
“Vino,
pues, palabra de Jehová a mí diciendo: Antes que te formase en el vientre te
conocí, y antes que nacieses te santifiqué…” Jer. 1:4-5
-Por Rocio Lione-