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Rocio Lione
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Una vida sin ser vivida

Se vió caminando de la mano con su papá de un lado y con su mamá del otro, pero no podía disfrutarlo, estaba con los ojos vendados, con los oídos tapados, y atado de manos. Se vió tomando un helado en verano junto a Pedro (su perrito), pero no podía degustar el sabor. En invierno, salía al parque que estaba a solo dos calles de su casa, caminaba lleno de ropa, entre camperas, iba con su papá que le colocaba suavemente una bufanda en su cuello, pero no podía sentir el roce de su piel con aquella tela.


En la plaza, le encantaba jugar al subibajas, y en otoño, amaba tirarse del tobogán al rejunte de hojas secas, que aguardaban al final y crujían ante el impacto. Y los brazos tendidos de alguno de sus papás lo hacían sonreír y estallar en una carcajada. Él se veía pero no sentía nada, no podía disfrutar la felicidad de su niñez, ni aprovechar los inolvidables momentos de su infancia que quedarían grabados en su memoria. No entendía porque, no entendía como. Era un mundo extraño, que no conocía, que no sabía, que no recordaba haber estado allí.

Pero las imágenes, como capturas de escenas cinematográficas seguían pasando por su mente, sin pedir permiso, seguían corriendo.  Se vió yendo a su jardín con otros niños como él, al principio, lloró, pero al pasar los días, le gustó.

Después el primer día del primario, como olvidarlo. Y la foto con la señorita que sería quién estaría todo ese largo año junto  él.

-¿Mamá que es todo esto?, no entiendo…
La madre no le respondió.

Se pudo ver enfermo, en una cama, con fiebre y asquerosos antibióticos que tomar, pero no conocía lo que era estar enfermo, sentirse mal.

-¿Mamá? (preguntó asustado, y con ojos vidriosos).

No obtuvo respuesta una vez más. Vió una imagen extraña, él estaba en una gran habitación lleno de escenas en movimiento, risas, voces, familiares, y fotos de su vida. En frente de él había una gran puerta, que se cerraba, dejando sin luz aquel lugar, que se volvía tenebroso. Él gritaba, y parecía que nadie lo oía. Y se quedaba solito, sentado, triste y llorando llamando a su mamá.

-Mami abrime, no necesitás plata, no hace falta un papá yo tengo uno que es muy bueno y re grande. Mami, todo va a salir bien, no necesitamos nada más, nos tenemos mutuamente, el amor es suficiente. Mami, ¿escuchás?

Lo que él veía, era su vida pasar, una vida no vivida, porque era un bebé que todavía no había nacido, por eso no podía sentir, oler, ver, degustar, tocar. Estaba a punto de ser abortado, y él no sabía. Esa puerta grande que se le cerraba era su vida. Nadie le preguntó, nadie le ofreció, le estaban robando algo que le pertenecía, que era suyo y de nadie más: la vida. Vió la vida que hubiera tenido, si lo dejaban nacer.

Porque todo bebé tiene derecho a nacer, a la vida, a una oportunidad. Ellos no tienen la culpa de los errores, accidentes, y acciones indebidas de los adultos.
El aborto es un asesinato, y no tiene justificación.  A ninguno de nosotros nos hubiera gustado que pusieran en tela de juicio nuestro destino, nuestro futuro.
La vida es un DERECHO de TODOS.  Sí a la VIDA.

“Vino, pues, palabra de Jehová a mí diciendo: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué…” Jer. 1:4-5

-Por Rocio Lione-
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