Cierto día en su
adolescencia, el padre de Juan abandonó
a sus hijos, nadie supo porque, nadie supo como.
En un extraño
establecimiento lleno de infantes y menores, Juan y su hermana eran separados,
cada quién siguió su camino, con diferentes familias y distintas situaciones.
Extraviado en su timidez poco a poco comenzó acostumbrarse a su nuevo entorno,
por supuesto que a Juan le costó, pero entendió que había algo mejor, que se
podía vivir feliz, y rodeado de una familia que le brindaba amor. Los años pasaban, Juan se desarrollaba, ya no
era un indefenso niño, era un joven marcado por las heridas y el dolor, pero
lleno de vida. En determinado momento, sentado pensativo, se preguntó porque su
pasado había sido tan indeseado, pero no pudo responderse.
Reiteradas fueron las
oportunidades que le habían hablado de Jesús, pero no mucho le importó. Y
cuando su pensamiento fue removido, una voz en su interior le decía que acepte.
Lo que no comprendía era que debía aceptar.
Para asombro de muchos, un
domingo, Juan decidió ir a la iglesia. Se sintió tan bien y contento que lo repitió
tantas veces hasta permitir por completo que Cristo entrara en su corazón.
Arrodillado orando, en su
encuentro, podía sentir como cauterizaban sus heridas, y como el perdón salía
de su encierro y escapaba por sus labios. Aquella misma voz que le decía que
aceptara era el Espíritu Santo pidiéndole.
Juan se dió cuenta que, Dios
permitió que su historia fuera así, porque era necesario, para encontrarse con
Él.
A pesar de todo, Juan nunca
desertó sus sueños, siguió adelante, no se rindió, no se detuvo, cuando cayó,
se levantó, cuando solo no pudo se afirmó a un apoyo para seguir caminando.
Terminó el colegio, la secundaria, hizo una carrera y hoy es un profesional y
padre de familia que pudo, que lo logró.
Desde chico con su hermana
sufrieron mucho, sin embargo el cambió su camino y no se limitó a la
circunstancia momentánea por la cual atravesaba. Vio más allá de sus límites y
al cabo de tanto sacrificio y esmero, ganó su merecida recompensa: la cobertura
inigualable del amor, la guía y la sabiduría de Dios.
“Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo Jehová me recogerá.”
Sal. 27:10
“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo
lo que queréis, y os será hecho.” San Juan 15:7
“Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo
recibiréis y os vendrá.” San Marcos 11:24
-Por
Rocio Lione-