Suelo perderme seguido. Me
desoriento con las calles, los nombres, direcciones y lugares, de la ciudad; y
así me pierdo, pero pregunto y puedo llegar a destino. Es ahí cuando las cosas
simples de la vida te enseñan tanto. Y es entonces cuando pierdo mi orgullo del
“saberlo todo” para reconocer que no sé nada, y encuentro la mansedumbre. Pierdo mi intolerancia y
ansiedad, hacia querer encontrar y obtener todo rápido, en el acto, y encuentro
la paciencia sobreabundante y la
plena paz. Dejo ir, y lo pierdo por
completo, al malhumor, sin querer que regrese, sin querer volverlo a ver, y
encuentro el amor. Sin darme cuenta,
se me escapa lejos, la soledad, se pierde por allá, y encuentro a amigos. Y
como no conozco y no sé por dónde voy, pierdo esa pálida cara triste, y
encuentro el gozo. No puedo
comportarme de mala forma, y ahí, exactamente es cuando dejo ir, sin saberlo, a
la maldad, y encuentro benignidad, y
me convierto en alguien que tiene bondad
en su corazón.
No voy a decir que no
dudé, tuve mi cierta incertidumbre, pero no sé dónde la dejé…creo haberla
perdido, porque ahora encontré la fe.
Me dejo guiar por quién sabe y conoce, y así pierdo la necedad y encuentro la templanza.
Porque cuando me pierdo en
Dios, puedo encontrar el fruto del glorioso Espíritu Santo, que siempre
acompaña mi andar.
Y así es como me pierdo en
el Espíritu de Dios, y encuentro estos incomparables beneficios.