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Rocio Lione
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Sufrir en silencio, vivir eterno

«Aún sigo temblando, más bien tiritando, siendo que la noche es cálida en su entereza.»

Quiso escribir con un puntal, en una pequeña y rota piedra con musgo a punto de rajarse desde diferentes ángulos. Había caído en un estilo de trampa, aunque se sentía solo, se sentía seguro también, de saber que estaba a salvo. Sus compañeros seguían muriendo en el campo detonado, cual fuesen sus ubicaciones. Habían sido emboscados por el enemigo, sus municiones se iban agotando, y sus armamentos terminando. Los que sobrevivían cargaban y trasladaban a sus compañeros para sacarlos de peligro. Cada vez disminuía el margen de esperanzas. Los gritos y llantos superaban en gran cantidad, al ruido insoportable de las bombas lanzadas por esos mastodontes tanques, que disparaban sin piedad, a las pequeñas chozas de una humilde aldea en el sur de África.


Cinco eran los días que el soldado llevaba dentro de aquel foso. No podía creer la injusticia de lo que estaba viviendo, y la sangre le ardía de impotencia. Sufría en silencio. Su comunidad y familia estaban en peligro, solo porque a una despiadada nación le interesaban los recursos naturales a explotar, sin importarle  las vidas que costaría conseguir una porción de territorio.

Su ruego estaba dirigido a Dios, con palabras extraídas de sus sentimientos más fuertes, y decía: “¡¡Diooos!! ¿Cómo es posible que suceda todo esto?”, y sollozando esperaba, sentado como un niño, la respuesta. A menudo volvía a tomar fuerza y oraba. Oraba hasta quedarse dormido sobre la húmeda tierra, que envolvía su cuerpo lastimado y desganado.

Cuando la noche cubría el cielo rojizo, muchas casa habían sido destruidas, había algunos cuerpos tendidos en los caminos de tierra, pero no habían muerto los misioneros y un numeroso grupo de niños, que habían sido refugiados en un sótano, en una de la escuelas-iglesias que habían fundado hacía poco tiempo.

La batalla había terminado, el enemigo, impunible se había marchado. Pero el soldado seguía atrapado en aquella trampa. Durante el período de horas que permaneció allí abajo, le rogaba a Dios por su familia, por sus hermanos en la fe y por la comunidad en general. En ningún momento, su clamor cesó.

Los misioneros, junto con los cien niños y las veinte madres, salieron unas horas después, cuando se dieron cuenta que el bombardeo había terminado. Empezaron a buscar sobrevivientes por toda la aldea. A los que encontraron con vida, los llevaron hasta la escuelita y con objetos de curación que podían reunir entre lo que había quedado, ayudaron a vendar las heridas de los soldados malheridos. Entre tanto que iban, hallaron el profundo foso donde se encontraba el cuerpo casi sin vida, del soldado que había estado allí por largo tiempo. Maniobraron el rescate, y cuando pudieron sacarlo a la superficie, apenas respiraba, su pulso era muy débil.
Uno de los pastores era médico de profesión, intentó reanimarlo, pero fue inútil, el cuerpo estaba deshidratado y lánguido. El soldado había dejado de existir…

Pasaron las horas, ya eran las cuatro am, cuando alguien despierta de repente y suelta un grito estremecedor: “¡¡¡Estoy vivo!!!”. Todos se despertaron sobresaltados, y miraron a la figura que había gritado, era el soldado. Estaba vivo, para la alegría de muchos. Había sido como una horrible pesadilla, pero real, había estado muerto por unas horas, pero resucitó. Su familia estaba viva, habían llorado su muerte, lamentaron su pérdida. Pero ahora estaba vivo, todo cobraba el sentido suficiente, para poder sonreír, después de tanto sufrimiento.

Dios había librado a aquellas personas. Los protegió, los libró de la muerte. Ni los niños, ni las madres, ni los misioneros y pastores, murieron. Dios había sido fiel una vez, por el clamor y la intercesión de alguien que aprendió a sufrir en silencio, a llevar su cruz, despojándose de su vida, y orando por la vida de aquellos a quién amaba.

El amor, la entrega y la solidaridad de aquel soldado, había conmovido el corazón de Dios; y fue recompensado por ello. En medio de su noche más oscura, nació el Sol de justicia.

Una vez más, la gloria de Dios se había hecho presente ante sus hijos.

“Oren en todo momento”. 1 Ts. 5:17

“Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada.” Mal. 4:2

[Dedicado a los misioneros que dieron su vida por causa de Evangelio.]

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