Quiso escribir con un puntal, en una pequeña y rota piedra con musgo a punto de rajarse desde diferentes ángulos. Había caído en un estilo de trampa, aunque se sentía solo, se sentía seguro también, de saber que estaba a salvo. Sus compañeros seguían muriendo en el campo detonado, cual fuesen sus ubicaciones. Habían sido emboscados por el enemigo, sus municiones se iban agotando, y sus armamentos terminando. Los que sobrevivían cargaban y trasladaban a sus compañeros para sacarlos de peligro. Cada vez disminuía el margen de esperanzas. Los gritos y llantos superaban en gran cantidad, al ruido insoportable de las bombas lanzadas por esos mastodontes tanques, que disparaban sin piedad, a las pequeñas chozas de una humilde aldea en el sur de África.
Cinco
eran los días que el soldado llevaba dentro de aquel foso. No podía creer la
injusticia de lo que estaba viviendo, y la sangre le ardía de impotencia.
Sufría en silencio. Su comunidad y familia estaban en peligro, solo porque a
una despiadada nación le interesaban los recursos naturales a explotar, sin
importarle las vidas que costaría
conseguir una porción de territorio.
Su
ruego estaba dirigido a Dios, con palabras extraídas de sus sentimientos más
fuertes, y decía: “¡¡Diooos!! ¿Cómo es
posible que suceda todo esto?”, y sollozando esperaba, sentado como un
niño, la respuesta. A menudo volvía a tomar fuerza y oraba. Oraba hasta
quedarse dormido sobre la húmeda tierra, que envolvía su cuerpo lastimado y
desganado.
Cuando
la noche cubría el cielo rojizo, muchas casa habían sido destruidas, había
algunos cuerpos tendidos en los caminos de tierra, pero no habían muerto los
misioneros y un numeroso grupo de niños, que habían sido refugiados en un
sótano, en una de la escuelas-iglesias que habían fundado hacía poco tiempo.
La
batalla había terminado, el enemigo, impunible se había marchado. Pero el
soldado seguía atrapado en aquella trampa. Durante el período de horas que
permaneció allí abajo, le rogaba a Dios por su familia, por sus hermanos en la
fe y por la comunidad en general. En ningún momento, su clamor cesó.
Los
misioneros, junto con los cien niños y las veinte madres, salieron unas horas
después, cuando se dieron cuenta que el bombardeo había terminado. Empezaron a
buscar sobrevivientes por toda la aldea. A los que encontraron con vida, los
llevaron hasta la escuelita y con objetos de curación que podían reunir entre
lo que había quedado, ayudaron a vendar las heridas de los soldados malheridos.
Entre tanto que iban, hallaron el profundo foso donde se encontraba el cuerpo
casi sin vida, del soldado que había estado allí por largo tiempo. Maniobraron
el rescate, y cuando pudieron sacarlo a la superficie, apenas respiraba, su
pulso era muy débil.
Uno
de los pastores era médico de profesión, intentó reanimarlo, pero fue inútil,
el cuerpo estaba deshidratado y lánguido. El soldado había dejado de existir…
Pasaron
las horas, ya eran las cuatro am, cuando alguien despierta de repente y suelta
un grito estremecedor: “¡¡¡Estoy vivo!!!”. Todos se despertaron sobresaltados,
y miraron a la figura que había gritado, era el soldado. Estaba vivo, para la
alegría de muchos. Había sido como una horrible pesadilla, pero real, había
estado muerto por unas horas, pero resucitó. Su familia estaba viva, habían
llorado su muerte, lamentaron su pérdida. Pero ahora estaba vivo, todo cobraba
el sentido suficiente, para poder sonreír, después de tanto sufrimiento.
Dios
había librado a aquellas personas. Los protegió, los libró de la muerte. Ni los
niños, ni las madres, ni los misioneros y pastores, murieron. Dios había sido
fiel una vez, por el clamor y la intercesión de alguien que aprendió a sufrir
en silencio, a llevar su cruz, despojándose de su vida, y orando por la vida de
aquellos a quién amaba.
El
amor, la entrega y la solidaridad de aquel soldado, había conmovido el corazón
de Dios; y fue recompensado por ello. En medio de su noche más oscura, nació el
Sol de justicia.
Una
vez más, la gloria de Dios se había hecho presente ante sus hijos.
“Oren en todo
momento”. 1 Ts. 5:17
“Mas a vosotros los
que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá
salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada.” Mal. 4:2
[Dedicado
a los misioneros que dieron su vida por causa de Evangelio.]